¿Qué tan cruel has sido hoy?

 Los actos de crueldad suelen relacionarse a personas con problemas psicológicos, inadaptados sociales o sociópatas, porque se piensa que alguien en su sano juicio es incapaz de cometer atrocidades.

Visto desde nuestro yo colectivo la maldad está en los otros, no en nosotros. Sin embargo, los psicólogos han demostrado que cualquier persona considerada mentalmente sana es susceptible, bajo ciertas circunstancias, no solo de cometer actos de crueldad, incluso justificar la crueldad de otros. Se puede dañar tratando de hacer el bien, peleando por una causa justa o siguiendo órdenes que parecen racionales e inofensivas. 

La crueldad se mide en las consecuencias de los actos, no en las intenciones. El Diccionario de la Lengua Española define este concepto como inhumanidad, fiereza de ánimo, impiedad o como la acción cruel e inhumana. Entonces, cuando somos crueles nos deshumanizamos.

Para entender lo que quiere decir deshumanizarse analicemos dos ejemplos de comportamiento en el reino animal, que a ojos del ser humano serían considerados crueles, el de la mantís religiosa y el gato doméstico.

Canibalismo amoroso

Se podría afirmar que la mantís religiosa hembra es cruel y sádica porque se come al macho durante o después del apareamiento. Este comportamiento tiene una explicación científica. El macho al ser devorado provee de nutrientes para la formación de los huevos. Aquél que escapa de ser comido no logra depositar más espermas en la hembra. Este acto de canibalismo se repite, paradójicamente, para garantizar la supervivencia de la especie. Está en su naturaleza.

La gata que aniquiló a una especie

Los gatos domésticos  —esa tiernas mascotas— son asesinos sádicos. Matan a sus presas y juegan con ellas sin devorarlas. Lo hacen por instinto; cazan aunque no tengan hambre. 

Los felinos se han convertido en un tema de preocupación para la conservación de otras especies, se estima que tan sólo en Estados Unidos matan entre mil y 4 mil millones de aves al año, sin contabilizar reptiles, anfibios y pequeños mamíferos (ratones, conejos, liebres etc).

A la gata Tebbles  se le responsabiliza de provocar la extinción a una especie de pájaros wren, que habitaba en las Islas Stephens en Nueva Zelanda.

En las Islas Stephens no existían depredadores naturales para los wren, que pertenecían al tipo de aves que no vuela por lo que carecían de mecanismos de defensa contra los felinos, que fueron introducidos en el ecosistema por los humanos. 

En 1894,  David Lyall, asistente del operador de un faro, se asentó en las Islas Stephens y llevó consigo a su gata, que iba preñada, sin imaginar las funestas consecuencias.

Tebbles cazaba a los pájaros con facilidad. En ocasiones llevaba los cadáveres a su amo,  Lyall, quien paradójicamente era un ornitólogo aficionado (experto en el estudio de aves).

Lyall analizó con curiosidad los cuerpos inertes que su gata dejaba en su casa. Como nunca había visto a un pájaro así, decidió enviar algunos especímenes a los más reconocidos ornitólogos de la época, quienes confirmaron que se trataba de una nueva especie. Para ese momento ya había transcurrido casi un año. En ese lapso, Tebbles parió a una camada de felinos, que se encontraban sueltos en las Islas. Nunca más se volvió a ver a un wren. Se sospecha que los gatos, hijos de Tebbles, acabaron con todos los wren.  Se declaró la extinción de este pájaro casi al mismo tiempo en que se descubrió como una nueva especie.    

Los depredadores más temidos

El canibalismo de la mantis religiosa o la crueldad gatuna palidecen frente a la capacidad depredadora de otra especie: los humanos.

Se calcula que hasta un millón de especies de plantas y animales enfrenta el peligro de extinción debido a las actividades humanas, siendo la agricultura la actividad más depredadora de todas, según concluyó un estudio financiado por las Naciones Unidas. Sin embargo, estas actividades no se consideran crueles sino necesarias para el progreso.  

En el reino animal no existen nociones de crueldad, sino instintos de supervivencia. La maldad, así como lo bondad son inherentes al ser humano. El bien y el mal son conceptos sociales y religiosos, que además están enmarcados en un contexto cultural.

El pueblo japonés es admirado en todo el mundo por su civilidad. Japón cuenta con reservas naturales en las que humanos y animales conviven en equilibrio. No obstante, resulta incomprensible que un país con tales estándares de respeto por la naturaleza tenga una obsesión por la carne de ballena, por lo menos desde la posición oficial del gobierno, que justifica la cacería.

La Comisión Ballenera Internacional (IWC, por sus siglas en inglés), denunció que Japón cazó en la Antártida a 333 ballenas minke, de las cuales, 122 estaban embarazadas. El gobierno japonés justifica la caza aludiendo motivos científicos, pero es ampliamente documentado que la carne de los cetáceos se destina al consumo humano. Otra justificación ante las críticas de la opinión pública internacional es que la práctica forma parte de su cultura, como la caza de delfines en la prefectura Wakayama. Como se dilucida en este ejemplo, el componente cultural influye para determinar qué acciones son consideras crueles. Para un ecologista el matar a las ballenas es un acto de crueldad contra los animales, para algunos japoneses (no todos están de acuerdo) esto es parte de su cultura.   

Cuando se afirma que alguien es inhumano o actúa inhumanamente, quiere expresarse que esa persona ha perdido la capacidad de ser compasivo con los otros. Pero ¿quiénes son los otros?

¿A quién rescatarías?

Existen personas que se sienten más perturbadas por el dolor y sufrimiento de un animal que por el sufrimiento de un humano. ¿Acaso este tipo de personas serán susceptibles de ser crueles con sus congéneres y más empáticos con sus mascotas? En Rusia una mujer asesinó a martillazos a su compañero de cuarto y luego lo destazó para deshacerse del cadáver, porque sospechó que él había matado a su gato. 

Sin llegar a casos extremos pongamos un escenario hipotético. Tu mascota sale corriendo a la calle y se detiene delante de un autobús que está a punto de atropellarle, al mismo tiempo un turista extranjero también está a punto de ser arrollado por el mismo vehículo. Sólo tienes una opción: salvar a tu mascota o al turista extranjero. ¿A quién rescatarías?

Este dilema moral fue planteado a 573 personas en un estudio psicológico realizado en Estados Unidos. El 40% de los participantes optó por salvar a su mascota.

Los investigadores querían medir el grado de empatía que la gente siente por los animales en comparación con los humanos. Para registrar si había cambios significativos en las respuestas hicieron variaciones en el planteamiento del dilema. En un segundo caso de dijo a los participantes que la mascota que en peligro pertenecía otra persona. Sólo el 12% de los consultados manifestó estar dispuesto a salvarla, mientras que la mayoría optó por rescatar al turista extranjero. Esto demostró que cuando el animal en peligro no era la propia mascota, entonces se privilegió salvar la vida del humano.

En un tercer caso, los investigadores replantearon el dilema y en lugar de ser un turista extranjero, se trataba de un familiar la persona en peligor frente a la mascota. Sólo 2% respondió que salvaría a la mascota.

El estudio arrojó la empatía hacia los humanos o los animales se relaciona al grado de conexión emocional que sentimos con uno u otro. Como dato revelador, en prácticamente todos los escenarios las mujeres estaban más dispuestas a salvar a la mascota que a la persona. La tendencia sólo cambió cuando la persona en peligro era un familiar y no un turista.

En otro estudio se presentó una noticia falsa en la que se informaba que un criminal había golpeado con un bat a sus víctimas, causándoles graves heridas. Se presentaron tres casos  y en cada uno de ellos las víctimas eran diferentes.

En el caso A la víctima era un niño de un año; en el caso B, un adulto de 30 años y en el caso C, un perro cachorro y un perro adulto.

Cuando la víctima se trataba de un niño los participantes experimentaron mayor perturbación. En segundo lugar se registró más perturbación cuando la víctima era un cachorro o un perro adulto. En tercer lugar quedó el hombre de 30 años. En los tres casos las mujeres mostraron más empatía hacia todas la víctimas, en comparación con los hombres.

Según el estudio, se infiere que respondemos empáticamente hacia los perros de la misma manera que lo hacemos con los niños, porque consideramos que ambos son vulnerables e indefensos en comparación con los adultos. Además de que tanto los niños como los cachorros generan emociones positivas. En el caso del hombre de 30 años generó menos grado de perturbación porque se considera que tiene más posibilidades de defenderse. Nuestra empatía también se relaciona a la percepción de debilidad o fortaleza de los otros. 

Juicio frío y caliente

Nuestras decisiones y juicios morales están controlados por dos sistemas neurológicos, uno llamado “sistema emocional caliente” y el otro “sistema racional frío”, de acuerdo con los psicólogos. El sistema caliente es más antiguo en términos evolutivos, según revelan estudios realizados con escáner cerebral.

En cambio, el sistema lógico y racional frío, capaz de generar razonamientos abstractos, se encuentra en zonas del cerebro evolutivamente más nuevas. Los escáneres cerebrales, muestran que cuando una persona enfrenta un dilema moral, gran parte de la actividad cerebral se encuentra en la zona del sistema emocional caliente. Es decir, al emitir juicios morales somos más emocionales que racionales.

La crueldad nace de la falta de empatía

Asesinatos, exterminios, esclavitud, deportación o traslado forzoso de población, encarcelación o privación de libertad física que viole el derecho internacional, torturas, violaciones, prostitución forzada o violencia sexual, persecución de un colectivo por motivos políticos, raciales, nacionales, étnicos, culturales, religiosos o de género, desaparición forzada de personas, apartheid y otros actos inhumanos que atenten contra la integridad de las personas son enlistados por la ONU como crímenes de lesa humanidad. Todos tienen un común denominador, la pérdida de la empatía hacia los otros.

Cuando una colectividad deja de ver a otra como sujeto y lo transforma en objeto (ya sea humanos o animales) se allana el camino para cometer actos de crueldad.

La maldad o los actos de crueldad pueden entenderse como la erosión de la empatía, considera Simon Baron Cohen, profesor de psicología de la Universidad de Cambridge, cuya tesis es descrita en su libro La Ciencia de la Maldad. 

La erosión de la empatía ocurre cuando dominan en las personas las emociones corrosivas como resentimiento, enojo, deseo de venganza, odio. También somos menos empáticos por nuestras creencias, por defender a nuestro país, a nuestra familia o por miedo.

Un ejemplo de erosión de la empatía ocurre en los linchamientos. En México ha crecido en 190% los casos de linchamientos contra de aquellas personas que los pobladores de las comunidades consideran o suponen, cometen delitos o atentan en su contra. Muchas de las víctimas eran inocentes.

De acuerdo con  la Comisión Nacional de Derechos Humanos, estos actos ilícitos constituyen “una de las expresiones más graves de la crisis que en materia de inseguridad, violencia e impunidad que enfrenta nuestro país, donde como consecuencia de la desconfianza y lejanía de la sociedad respecto de las autoridades, la falta reiterada de cumplimiento y aplicación de la ley, así como la incapacidad de las distintas instancias de gobierno para generar condiciones que permitan la convivencia pacífica entre las personas”. En estos casos la turba no ve un ser humano sino a un delincuente que merece morir. Se despoja a la personas de su subjetividad y se le juzga como el objeto de la ira del colectivo.

Otra causal de la erosión de la empatía se registra cuando perseguimos nuestros propios intereses. Al tratar a las personas como objetos, en lugar de sujetos, con el fin de conseguir nuestros fines, nublamos nuestra capacidad para reconocer las emociones, necesidades y pensamientos del otro. Como cuando vemos a un indigente en la calle y evitamos mirarle o simplemente no reparamos de su presencia. 

Tratar a otro humano como un objeto es lo peor que nos puede ocurrir. La gente que vive con resentimiento puede llegar a un estado permanente de pérdida de la empatía.

Grado de empatía

Para Cohen, la empatía ocurre cuando suspendemos nuestro enfoque de atención única y, en su lugar, adoptamos un enfoque de atención doble. Esto quiere decir que cuando tenemos una atención única sólo pensamos en nosotros mismos, y cuando tenemos una atención doble pensamos en nosotros y en los demás. 

Por empatía, Cohen entiende: 

“Nuestra capacidad para identificar lo que otra persona está pensando o sintiendo y responder a sus pensamientos y sentimientos con una emoción apropiada”.

Para conocer el grado de empatía de una persona, Cohen desarrolló el test de Cociente de empatía (EQ), el cual presentó en este espacio traducido al español con fines de divulgación. El test es solo orientativo, el estudio completo consta de 40 reactivos. Los reactivos deben responderse considerando dos criterios, de acuerdo o desacuerdo,

Si estás de acuerdo con los enunciados 1 y 3, debes sumar dos puntos. Si estás en desacuerdo en los reactivos 2 y del 4 al 10, debes sumar un punto.  Cuanto mayor sea tu puntaje más será el grado de empatía. 

1. Puedo decir fácilmente si alguien más quiere entrar en una conversación.
2. Me resulta difícil explicar a los demás cosas que entiendo fácilmente, cuando no lo entienden ellos la primera vez.
3. Realmente disfruto cuidando a otras personas.
4. Me resulta difícil saber qué hacer en una situación social.
5. La gente a menudo me dice que fui demasiado lejos para llevar mi punto de vista en una discusión.
6. No me molesta demasiado si llego tarde a encontrarme con un amigo.
7. Las amistades y las relaciones son demasiado difíciles, así que tiendo a no molestarme con ellas.
8. A menudo me resulta difícil juzgar si alguien es grosero o cortés.
9. En una conversación, tiendo en concentrarme en mis propios pensamientos más que en lo que mi oyente podría estar pensando.
10. Cuando era niño, disfruté cortando gusanos para ver qué pasaría.

Cohen explica que los estudiantes que trabajan en humanidades suelen obtener un puntaje ligeramente más alto que los estudiantes de ciencias. Las mujeres también suelen tener un mayor puntaje que los hombres.

Se infiere que tanto las mujeres y quienes se desarrollan en campos de las humanidades son más empáticos. Esto no refleja en ningún caso los niveles de crueldad, sólo grados de empatía. 

Cohen advierte que no se puede confiar en que el test sea realizado por uno mismo, ya que las persona suelen decir que son más empáticas de lo que realmente son. Alguien con baja empatía a menudo es la última persona en darse cuenta de ello. A medida que pierdes tu empatía, también puedes perder la percepción del grado de la misma.

Derivados de estos estudios, el psicólogo clasifica seis grados de empatía.

Nivel 0. Quien se ubica en este nivel puede ser capaz de cometer crímenes, incluidos asesinatos, asaltos, torturas y violaciones. Cuando a estas personas se les señala que han lastimado a otras, esto no significa nada para ellos porque no pueden experimentar remordimiento o sentimientos de culpa. Simplemente no entienden lo que siente la otra persona.

Nivel 1. Una persona aún puede ser capaz de lastimar a otros, pero tiene la capacidad de reflexionar sobre lo que ha hecho y mostrar su pesar. Bajo ciertas condiciones, la persona puede tener cierto grado de empatía, pero si se desencadena su temperamento violento, puede nublar su juicio y en consecuencia los sentimientos de otras personas ya no son considerados. En este colapso en el circuito de empatía, el individuo es capaz de  ejercer violencia extrema.

Nivel 2. Una persona que aún experimenta dificultades con la empatía, pero tiene la suficiente para comprender cómo se sentiría otra persona, lo que inhibe cualquier agresión física. Es posible que el individuo sea capaz de gritar a otros o decir cosas  hirientes, aunque posteriormente puede darse cuenta de que ha hecho algo mal. Sin embargo, normalmente necesitan los comentarios de la persona agredida, o de un tercero para darse cuenta de que se han pasado de la línea.

Nivel 3. La persona sabe que tiene dificultades con la empatía y puede tratar de enmascarar o compensarlo evitando trabajos que requieren habilidades sociales o relacionarse en situaciones que requieren constantes demandas de su empatía. Tratan de hacer el esfuerzo para “pretender ser normal”, pero les resulta agotador y estresante, por ello evitan el contacto con los otros. Prefieren estar solos.

Nivel 4. La persona tiene un bajo nivel de empatía promedio, aunque esto no afecta su comportamiento cotidiano y la capacidad de relacionarse con los otros, pero prefieren conversaciones que no tienen que ver con los sentimientos. Optan por temas prácticos y técnicos. Usualmente son los hombres los que se ubican en este nivel, en comparación con las mujeres. 

Nivel 5. Las personas están marginalmente por encima del promedio en su grado de empatía, y hay más mujeres que hombres en este nivel. Sus amistades se basan más en la intimidad emocional, el intercambio de confidencias, el apoyo mutuo y las expresiones de compasión. Aunque las personas no piensan constantemente en los sentimientos de los demás, sí está en su radar el saber cómo se sienten los otros, por lo que son cuidadosos en no herir sus sentimientos.

Nivel 6. Es el extremo de la empatía. Las personas en este nivel están continuamente enfocadas en los sentimientos de otras personas, y se desviven para verificar esto y ser solidarios. Es como si su empatía estuviera en un estado constante de hiperactivación, de modo que otras personas nunca estén fuera de su radar. 

Esta radiografía  nos permite ser conscientes de dónde nos situamos en relación con nuestro entorno y en el trato con los demás, con el fin de inhibir actos de crueldad. Salvo en los casos en los que existe un daño cerebral y una enfermedad psicológica, cualquier persona es capaz de desarrollar diferentes grados de empatía.

Ya hablamos de la deshumanización, que es la pérdida de la consciencia social lo que nos lleva no ser compasivos, pero existe otro elemento que también propicia la crueldad, el anonimato o la desindividualización.

Cuando actuamos anónimamente también sentimos que no somos culpables de lo que hacemos, porque formamos parte de un grupo más grande. El caso de los linchamientos es un claro ejemplo de este tipo de mecanismos psicológicos. Dentro del anonimato colectivo se esconden las atrocidades.

El grado de crueldad es inversamente proporcional a nuestro grado de empatía. La mejor forma de ser menos cruel es ser más empático. 

No importa si se es ateo o creyente, está comprobado que ayudar a otros (sin esperar retribución) también es benéfico para nuestra propia salud mental.  Como dice el proverbio: Hacer el bien sin mirar a quién, es el mejor antídoto contra la crueldad. 

 

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