Zoomlandia, la cultura digital emergente

*La nueva normalidad: videocomunicación
*Apropiación tecnológica
*Translocal y viral
*Tiempo y espacio digital
*El trabajo Zoom no es para todos
*Zoom, como la extensión de nuestros sentidos en la oficina
*La erosión de la privacidad
*¿Se transformará el trabajo presencial?
En tiempos de distanciamiento social y confinamiento obligado por la pandemia, Zoom es una de las plataformas digitales que más se ha beneficiado por el efecto “quédate en casa”. El servicio de videoconferencias es preferido por millones alrededor del mundo para realizar todo tipo de actividades, no sólo las relacionadas con clases y webinarios.

A Zoom le tomó por sorpresa su repentino éxito. Antes de la pandemia tenían 10 millones de usuarios, al corte de abril sumaban 300 millones de participantes diarios en las reuniones de video, aunque esta contabilidad, reportada por la misma empresa, no aclara la distinción entre usuarios y participantes, ya que los segundos pueden atender varias sesiones de video en un mismo día sin ser suscriptores.

Fuera de la danza de cifras, lo innegable es que Zoom lidera el mercado de videoconferencias y el nombre de Eric Yuan, su fundador, ya resuena entre la pléyade de ejecutivos famosos como Mark Zuckerberg de Facebook.

Con el éxito también llegaron las críticas. A Zoom se le ha cuestionado por ser laxa en sus controles de seguridad y privacidad, lo que abrió la puerta a que hackers boicotearan videocomunicaciones con discursos racistas o contenidos pornográficos. Esta práctica se identificó como bombardeo-Zoom (Zoom-bombing). Ello motivó que algunos gobiernos, compañías e instituciones educativas prohibieran el uso de Zoom. No obstante la mala prensa, no mermó su popularidad. Sus ganancias han crecido 169%, impulsadas primordialmente por el confinamiento.

Con las actualizaciones del software se solucionaron algunos problemas del hackeo. Los anfitriones de las videoconferencias disponen de mayores controles para evitar la intrusión de extraños. Ahora, para ingresar a las sesiones, los participantes requieren de un número de ID y una contraseña, las cuales son proporcionadas por el administrador.

Competidores como Google, Microsoft, Facebook, entre otros, hacen intentos apresurados por copiar las funciones de Zoom; se mimetizan con el fin de que la gente utilice sus propios servicios de videocomunicación. Los gigantes tecnológicos saben que la modalidad de interacción social en video llegó para quedarse. En la “nueva normalidad” trabajamos y estudiamos en ambientes híbridos: una mezcla de actividades presenciales y en línea.

Para analizar a detalle las características de la plataforma que la hacen tan popular, ver el artículo ¿Qué pasa con Zoom y por qué millones la utilizan?

La nueva normalidad: videocomunicación

Zoomlandia es una metáfora para aludir los ambientes digitales a los cuales trasladamos gran parte de nuestras actividades cotidianas presenciales. Como resultado, nuevos códigos culturales emergen. Allende de las consideraciones tecnológicas, lo que importa y da valor a las compañías son los usuarios y el uso social que hacen de las plataformas.

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Zoom, más que un servicio de videoconferencias, se ha transformado en una plataforma de videocomunicación o un hipermedio. Al conjuntar video, audio, texto, hiperenlaces y gráficos posibilita la comunicación hipermediática y la hipermediación,

Carlos Scolari, en su libro Hipermediaciones (2008), define el concepto en estos términos:

“La hipermediación es un proceso de intercambio, producción y consumo simbólico que se desarrolla en un entorno caracterizado por una gran cantidad de sujetos y lenguajes interconectados tecnológicamente de manera reticular entre sí”. (Scolari, 2008:113).

Por reticular entiéndase en forma de red, en la que no existe un centro, sino una infinidad de nodos interconectados con distintos puntos. Los nodos podrían ser las plataformas tecnológicas como los lugares de encuentro en los que personas interactúan. Siguiendo esta lógica, Zoom se ha convertido en el nuevo espacio digital, un nodo que permite que continuemos nuestras actividades durante la pandemia. Las personas se han apropiado de este espacio aplicando sus propios contextos culturales.

Apropiación tecnológica

Los investigadores de Tecnologías de la Información y la Comunicación (TICs) dividen sus estudios en tres principales ramas, dependiendo del tipo de investigación y el enfoque teórico. Estas ramas se entrelazan y no son excluyentes, sino complementarias. De este modo, tenemos:

  • 1) Estudios centrados en las plataformas tecnológicas (medios /emisor/productores/desarrolladores).
  • 2) Estudios centrados en los contenidos que circulan por las plataformas (mensajes/discursos).
  • 3) Estudios centrados en los usos que las personas hacen de las plataformas (receptores/usuarios/consumidores).

En las investigaciones sobre los usos sociales de las TICs se ha desarrollado el concepto de apropiación tecnológica o apropiación cultural de la tecnología. Las personas, al incorporar en sus actividades cotidianas el uso de la tecnología, también adoptan una serie de prácticas culturales con el fin de darles un sentido social, ya sea de pertenencia a un grupo o para construir su identidad personal.

Siguiendo las definiciones recopiladas por IGI Global, editorial especializada en estudios tecnológicos, existen tres formas de definir la apropiación tecnológica, las cuales se traducen de forma libre para este artículo:

  1. El esfuerzo de los usuarios para dar sentido a la tecnología dentro de sus propios contextos.
  2. El proceso de adopción y adaptación de la tecnología por parte de usuarios o grupos de usuarios para integrarla en sus vidas, prácticas y rutinas.
  3. Después de que una tecnología es puesta al servicio del usuario final, su uso previsto y su significado en ocasiones es alterado por el mismo usuario. Inclusive si la tecnología se presenta cuidadosamente, su uso original es adaptado al contexto social y cultural. En este sentido, la apropiación enfatiza el hecho de que el usuario ajusta la tecnología a sus propias prácticas.

Los desarrolladores de tecnología diseñan sus productos con la expectativa de que los usuarios se amolden a la interfaz. Sin embargo, las personas, por su bagaje cultural, suelen utilizar las plataformas para fines que no eran los ideados originalmente por los diseñadores, a esto se le conoce como un uso no anticipado de la plataforma.

Zoom fue desarrollada para el sector empresarial y educativo, no se anticipaba que la plataforma sería utilizada para celebrar cumpleaños, bodas, servicios religiosos, reuniones familiares e inclusive para llevar a cabo juicios penales, activismo político, compras en línea y hasta sesiones de hipnosis.

Entre desarrolladores de tecnología y usuarios se produce una renegociación de usos: los diseñadores de la tecnología deben ajustar la plataforma o interfaz a las prácticas de los usuarios; mientras que los usuarios deben ajustar su interacción a los límites definidos por las plataformas o interfaces.

Lo anterior produce otro fenómeno conocido como “personalización” o “personalización estandarizada”. Las características de un sistema se adaptan o son transformadas por los usos de los usuarios. Por ejemplo, Zoom permite cambiar el fondo de pantalla del video, como una forma de personalización. Esta función, más allá de ser un mero recurso estético al gusto de cada usuario, es utilizada por quienes no quieren mostrar su espacio privado cuando activan su cámara durante las videoconferencias.

Por otra parte, los usuarios también tienen la capacidad de provocar cambios en el sistema tecnológico y propiciar modificaciones en el diseño de la interfaz. Debido a la intromisión de hackers en las videoconferencias, Zoom se vio obligada a rediseñar la plataforma para subsanar estos fallos y, como veremos más adelante, debido a la presión social ha tenido que ofrecer comunicación encriptada tanto a usuarios de pago como del servicio gratuito.

Translocal y viral

Las empresas tecnológicas ofrecen el mismo servicio a distintos grupos culturales, pero cada comunidad dispone de sus propias prácticas sociales que dan pie a la creación de formatos comunicativos que son imitados en otras latitudes.

Las apropiaciones tecnológicas se dan en un contexto translocal, no son exclusivas de una comunidad, sino que inician en un punto y se expanden a un contexto general. Un ejemplo de lo anterior son los cantos colectivos captados en video y difundidos en internet durante el periodo de confinamiento. Esto ocurrió espontáneamente entre las personas como una forma de expresarse solidaridad. Conforme más países entraron en cuarentena, estos comportamientos colectivos adoptaron un formato definido en las plataformas digitales.

El primer registro se dio en Wuhan, China, el epicentro del brote. Videos de personas cantando desde sus hogares para darse ánimos circularon por todo el mundo. Cobraron mayor significación cuando otras sociedades pasaron por lo mismo. En Italia, que pronto se convirtió en el nuevo epicentro de los contagios, las personas en confinamiento también cantaron desde sus hogares. Al comparar los videos de China e Italia se observa el fenómeno de imitación entre colectividades de diferentes países: es la viralización del comportamiento colectivo transnacional.

Los cantos colectivos se viralizaron en Zoom en marzo, bajo el formato de videos colaborativos. Diversos grupos musicales y coros de todo tipo comenzaron a grabar videos en los que cada persona tocaba un instrumento, o entonaba una canción para dar forma a una sola pieza musical. Esto originó un nuevo formato que pronto se extendió por todo el mundo. Cada comunidad buscaba formar parte de este contexto global y, por imitación, crearon sus propios contenidos adaptados al formato definido por la interfaz. En algunos casos se trataba de extraños que se reunían con la intención participar en el proyecto colectivo. Este fenómeno los sociólogos lo identifican como el sentido de pertenencia social.

El punto cumbre del canto colectivo ocurrió en abril, cuando la Organización Mundial de la Salud (OMS), junto con la organización Global Citizen y la cantante Lady Gaga, organizaron el concierto en línea One World, Together at Home, aunque en lugar de Zoom, el evento se transmitió por Youtube y por canales de televisión; y en lugar de personas comunes, los protagonistas fueron cantantes y músicos consagrados. Es como si el fenómeno de cantos colectivos iniciado en Wuhan se hubiese institucionalizado.

Tiempo y espacio digital

El uso de las TICs, o la comunicación mediada por las computadoras, ha propiciado un cambio en nuestra percepción del tiempo y el espacio; en tanto que la pandemia ha provocado un replanteamiento de nuestras construcciones sociales y culturales respecto a la forma en cómo nos relacionamos en los entornos presencial y virtual.

Si bien extrañamos el contacto físico y las actividades presenciales, también hemos descubierto los beneficios del trabajo a distancia como la reducción de costes en traslados, rentas de espacios, pagos de servicios, alimentación fuera de casa, menos uso de combustibles fósiles, entre otros.

No todo es rosa. El trabajo en casa o home office también ha generado nuevos desgastes psicológicos provocados por mayores cargas laborales básicamente por dos razones.

Primera, porque hemos tenido que replantear y adaptar nuestras actividades presenciales al mundo digital sin haber tenido ninguna preparación. Todo se ha hecho sobre la marcha; ello implicó una curva de aprendizaje que va desde utilizar las herramientas tecnológicas como Zoom (antes desconocida por la mayoría), hasta aplicar estrategias para administrar el tiempo del trabajo en casa.

Segunda, porque en el momento en que todos llevaron sus actividades en línea pasamos más tiempo conectados, desdibujando los límites de la jornada laboral. Se asume que estar en casa implica estar disponible todo el tiempo. Esto ha provocado la Fatiga Zoom. Interactuar a través de una pantalla, sobre todo en el uso de plataformas de videocomunicación, requiere un mayor esfuerzo de atención en comparación con la interacción cara a cara porque:

a). Debemos procesar con mayor esfuerzo las pistas no verbales de la comunicación para entender el mensaje del interlocutor que vemos en video. Si una persona se ve solo de los hombros hacia arriba, se pierde la posibilidad de identificar los gestos que hace con las manos u otro lenguaje corporal. Y, si la calidad del video es deficiente, simplemente no es posible decodificar las expresiones faciales.

b). La interacción puede verse entorpecida por aspectos técnicos, como la calidad de la señal de video y audio. De hecho, más que preocuparnos por vernos mejor, deberíamos centrarnos en oírnos mejor, ya que un buen audio durante las sesiones en Zoom garantiza que nuestro mensaje sea captado óptimamente por nuestros interlocutores.

c). Los recurrentes olvidos de las personas para activar el micrófono cuando hablan, entorpecen la comunicación. Los interlocutores desvían su atención para indicarle a la persona que active su micrófono y repita las frases no escuchadas. Esto es un gasto constante de energía que alarga la interacción por videoconferencias.

d). La interferencia de sonidos ambientales provoca ruido en la comunicación. Esto ocurre frecuentemente cuando alguien olvida silenciar su micrófono al no hacer uso de la palabra.

e). Ocurren momentos chuscos o embarazosos mientras sostenemos reuniones de trabajo en video. Las sesiones de Zoom se han convertido en sí mismas en memes, por el gran número de “accidentes comunicativos” frente a la cámara, como hablar mal de alguien y no darse cuenta que el micrófono está activado; revelar detalles íntimos sin darnos cuenta de ello, vestir inapropiadamente; no percatarse que la cámara está activada y hacer cosas como si nadie nos viera; que algún familiar o persona de nuestro entorno íntimo interrumpa nuestra comunicación sin darse cuenta que sostenemos una videocomunicación.

f). Quien hace uso de la palabra olvida que debe adaptar su discurso al entorno digital y habla in extenso, como si estuviera en la plaza pública, provocando que sus interlocutores no capten su mensaje ya que es fácil distraerse si no se es concreto en la comunicación.

h). Al estar frente a la cámara sabemos que somos observados todo el tiempo, como nosotros observamos a los demás, por lo que nuestra comunicación se torna rígida.

Estos factores, aunado a la impericia en el uso de la herramienta tecnológica y la cantidad de videocomunicaciones que sostenemos al día, son generadores de estrés y producen la llamada Fatiga Zoom. Por ello, hay personas que experimentan un mayor agotamiento al final de su jornada digital, en comparación con sus actividades laborales presenciales.

El trabajo Zoom no es para todos

El trabajo Zoom es propicio para los trabajadores del conocimiento, es decir, aquellas personas que se ganan la vida por lo que saben pensar y porque resuelven problemas de actividades no rutinarias (profesores, científicos, economistas, psicólogos, actuarios, abogados, artistas, periodistas, etc). También se les llama trabajadores del conocimiento a quienes les pagan por lo que saben hacer en los entornos digitales (ingenieros computacionales, programadores, científicos de datos y, en general, al personal de las industrias tecnológicas). Para estos trabajadores, el conocimiento es tanto su recurso como su medio de producción. (Newell et al., 2002).

El concepto de trabajador del conocimiento es problemático. No existe un consenso sobre su definición. Peter Drucker, considerado el padre de la administración moderna, fue el primero en hablar al respecto en su libro The Landmarks of Tomorrow (1959). Ya entonces, Drucker mencionaba que la automatización de los procesos industriales, aunado a un mayor nivel educativo de las personas generarían un nuevo tipo de “trabajo del conocimiento”.

Los trabajadores “exigen cada vez más trabajos en los que puedan aplicar conocimientos, conceptos y sistemas. Cada vez más se niegan a aceptar trabajos en los que no pueden aplicar lo que han aprendido, a saber: trabajar con sus mentes. Puede que estén satisfechos con un trabajo que les requiera poca habilidad intelectual, y hay muchos trabajos de conocimiento semicalificados, pero esperan un trabajo que se base en sus habilidades mentales, más que manuales”. (Drucker, 1959: 67).

Drucker también observó la necesidad de organizar el trabajo del conocimiento en equipos multidisciplinarios orientados al desarrollo de proyectos, en lugar de trabajar por funciones. (Drucker, 1959: 70).

En 1973, Daniel Bell predijo el comienzo de la era postindustrial en la que los servicios, y no la producción, jugarían un papel clave porque generarían un mayor valor agregado en el desarrollo de la industria de las nuevas tecnologías. Esto reorganizaría la estratificación social y se formarían nuevas élites, basándose principalmente en el conocimiento tecnológico. (Jemielniak, 2012: 21).

Por ello, el trabajo Zoom no es para todos. Un contador puede gestionar sus actividades desde su computadora, en cambio, un vendedor de verduras no puede trabajar desde casa. Su labor es eminentemente presencial y física. Al trabajador del conocimiento se le demanda su esfuerzo intelectual, más que físico y por lo regular tiene una mayor instrucción educativa formal.

La pandemia ha evidenciado las desigualdades entre los tipos de trabajadores. En países en vías de desarrollo y con baja penetración de internet, el paro obligado resulta más costoso debido a la precariedad de los empleos.

En México, el 56% de la población labora en la informalidad, según datos del INEGI a mayo del 2020, y la tasa de penetración de internet fijo de banda ancha (el necesario para el trabajo por videoconferencia) es de las más bajas entre los países que integran la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE), se encuentra en el penúltimo lugar (37), sólo por arriba de Colombia.

La pandemia también ha evidenciado que dentro de nuestra sociedad existen, a su vez, dos sociedades insertas en dos realidades: una está plenamente integrada a la digitalización y sigue los procesos productivos propios del siglo XXI; la segunda está excluida o se mantiene rezagada de la era digital, y realiza sus actividades cotidianas de forma análoga, bajo esquemas propios de Siglo XX. Porque no es lo mismo conectarse a la red por cuestiones de entretenimiento y de comunicación, que hacerlo por la necesidad de trabajo o de estudio.

El 70% de los mexicanos tiene acceso a internet y la gran mayoría (95%) se conecta principalmente con su teléfono inteligente (Smartphone).

Se desconoce el porcentaje de personas que disponen de internet fijo de banda ancha en sus hogares, pero se infiere que muchos se conectan en sus lugares de trabajo. La pandemia mostró que no todas las personas tienen los equipos de cómputo y la conectividad básica para el trabajo en casa.

Zoom, como la extensión de nuestros sentidos en la oficina

¿

Nosotros moldeamos a la tecnología o la tecnología nos moldea a nosotros? Marshall McLuhan intentó responder esta pregunta a lo largo de su obra, en la que analizó los profundos cambios que ocurren en nuestra vida social con el uso de las TICs.

McLuhan ideó el concepto de Aldea Global para describir la desaparición de los límites físicos gracias a la interconexión del mundo por medios electrónicos. El autor canadiense no vivió para atestiguar el desarrollo de la internet, pero predijo que “La nueva interdependencia electrónica recrea el mundo a imagen de una aldea global”. (McLuhan, 2011: 328). También se refirió a los medios como las extensiones de nuestros sentidos, porque nos permiten experimentar y estar en lugares de forma virtual.

Por su parte, Manuel Castells construyó el concepto de sociedad red para identificar que vivimos inmersos en redes comunicacionales gracias a la conectividad de internet, lo que a su vez propicia un flujo de información sin límites de tiempo y espacio, todo esto propiciado por el desarrollo capitalista. Nos comunicamos desde cualquier lugar autoseleccionando los mensajes que se envían y se reciben en un sistema multidireccional e interactivo.

“Aunque la forma en red de la organización social ha existido en otros tiempos y espacios, el nuevo paradigma de la tecnología de la información proporciona la base material para que su expansión cale toda la estructura social. (Castells, 2000: 500).

Retomando los conceptos de McLuhan y Castells, Zoom se ha convertido en la extensión de nuestros sentidos en la oficina, en el aula escolar, en las reuniones familiares, o las fiestas virtuales. Zoom es el nuevo espacio donde interactúa nuestra sociedad red. Es la sociedad Zoom o la Aldea Zoom. Estas metáforas nos ayudan a describir el fenómeno sociotecnológico que ocurre dentro de este ecosistema digital, el cual debe analizarse más allá de lo coyuntural. Vivimos en nuestras pantallas, obligados por el confinamiento, pero muchas de las prácticas de estas formas emergentes de videocomunicación permanecerán en la era post-covid.

La erosión de la privacidad

En 2010, Marck Zuckerberg declaró que en las redes sociales las personas no consideraban la privacidad como una norma social porque estaban dispuestas a compartir contenidos de todo tipo con cualquiera. En 2013, Edward Snowden, ex contratista de la Agencia Nacional de Seguridad de Estados Unidos (NSA), reveló al mundo que somos espiados por los gobiernos con la ayuda de las plataformas tecnológicas, sin importar que estemos libres de sospecha de haber cometido algún un crimen. En 2015, Shoshana Zuboffs, profesora de la Universidad Harvard, identificó que vivimos en un Capitalismo Vigilante, en el que a cambio de los servicios gratuitos que nos ofrecen las empresas tecnológicas, éstas venden nuestros datos a los anunciantes, por lo cual ya no somos los clientes, sino el producto.

En 2020, Eric Yuan, el CEO de Zoom, nos confirmó que el derecho a la privacidad es considerado una mercancía por parte de las plataformas: un servicio para clientes premium.

“A los usuarios (del servicio) gratuito no queremos darles el [cifrado extremo a extremo (e2e)] porque también queremos trabajar junto con el FBI, con la policía local en caso de que algunas personas usen Zoom para un mal propósito”, dijo Yuan en una videollamada con inversionistas.

Esta declaración sugería que los usuarios del servicio gratuito son sospechosos de hacer un mal uso de Zoom y no así quienes pagan.

Originalmente, las videocomunicaciones de Zoom no están encriptadas de extremo a extremo en su servicio gratuito, esto quiere decir que los datos en tránsito pueden ser vistos por un tercero, ya sea el proveedor de servicios de Internet, el gobierno o las propias plataformas. Cuando una comunicación tiene el cifrado e2e los datos transmitidos entre dispositivos son legibles sólo para los destinatarios finales de la comunicación.

La intención de Zoom por cobrar el cifrado 2e2 desató una ola de críticas, principalmente en Estados Unidos. La compañía se vio obligada a dar marcha atrás y anunció que el cifrado 2e2 estaría disponible para todas las personas que usen el servicio, ya sea de pago o gratuito.

Evan Greer, subdirector de la organización de derechos digitales Fight for the Future, entrevistado por The Wired, considera que las plataformas “tienen la oportunidad de hacer algo realmente bueno para los derechos humanos mediante la implementación de cifrado de extremo a extremo predeterminado para todos los usuarios. Pero si lo convierten en una función de pago premium, están sentando un precedente de que la privacidad y la seguridad son solo para aquellos que pueden pagarla”.

Activistas, periodistas y organizaciones sin fines de lucro, que a menudo tienen recursos limitados para pagar por sofisticados servicios de encriptación, son los más vulnerables y susceptibles de ser objeto de espionaje.

Ninguna plataforma digital es neutra. Pueden ser utilizadas para emancipar o para controlar, para la libre circulación de ideas o para regular los contenidos que se difunden en ellas.

Zoom no es la excepción. Facilita la comunicación y también puede obstaculizarla y ser una herramienta de censura. Ocurrió en junio, cuando la plataforma dio de baja la cuenta de un grupo de activistas radicados en los Estados Unidos después de que realizaron una videoconferencia para recordar la masacre de la Plaza Tiananmen, de 1989, un tema censurado en China. De nuevo, ante la presión social, Zoom aseguró que ya no permitirá que las solicitudes del gobierno chino afecten a nadie fuera de China continental, y que trabajan en una tecnología que le permita eliminar o bloquear a los participantes en función de la geografía.

Ante la controversia, Eric Yuan ha tenido que aclarar que Zoom no es una empresa china, sino estadounidense, y que él mismo, quien nació en Shandong, China, se hizo ciudadano estadounidense en 2007 y reside en EUA desde 1997.

  • Las apropiaciones tecnológicas también van aparejadas de demandas sociales por parte los usuarios.
  • Las plataformas tienen una responsabilidad social, más allá de sus fines de lucro.

También es cierto que en términos generales los usuarios que se identifican a sí mismos como ciudadanos comunes dan por hecho que son espiados. Bajo la lógica de “si no hago nada malo, no tengo problema en que vean mis comunicaciones” se asume como normal el que monitoreen nuestras actividades en la red, siempre y cuando no tengamos que pagar por los servicios que utilizamos. Aceptamos que nuestros datos son el producto en venta para los anunciantes. Sacrificamos privacidad por gratuidad.

Por ello es significativo que las presiones hacia Zoom hayan tenido éxito; es una forma de reivindicar el derecho a la privacidad como un derecho humano, y no como una concesión hecha por parte de los gigantes tecnológicos.

¿Se transformará el trabajo presencial?

La necesidad de reunir a los trabajadores para que realicen sus funciones en un mismo espacio es producto de la Revolución Industrial. Las oficinas de principios del siglo XIX se distribuían como en las cadenas de ensamblaje de las fábricas. Antes de la Revolución Industrial, la gente recibía su pago con base en lo que producía, más que por la cantidad de horas transcurridas en el lugar de trabajo.

“200 años después, a pesar del desarrollo de internet, la función básica de la oficina persiste”, refiere The Economist en su reporte especial Working life has entered a new era.

Zoom permite comunicaciones sincrónicas (en tiempo real) o asincrónicas (no relacionadas con el tiempo en directo) por lo que genera su propio marco temporal, independiente del cronológico. Todo queda almacenado para consultarse en cualquier momento.

Aunque contamos con los medios para enviar correos electrónicos, compartir archivos en la nube, enviar mensajes en tiempo real y pese a estar todo el tiempo comunicados, la cultura laboral imperante sigue anclada en lo presencial, pero presencial no es sinónimo de productividad.

Twitter anunció que sus empleados tendrán la libertad de optar por trabajar en oficina o en casa de forma permanente, más allá del confinamiento obligado por la pandemia. Parte del principio de que una persona debería recibir su salario con base en sus funciones y responsabilidades, no por el tiempo que pase en la oficina. Pero una paloma no hace verano. Hasta el momento ninguna otra empresa ha seguido los pasos de esta nueva cultura laboral.

La pandemia ha forzado el cambio en las instituciones en todo tipo de industrias, inclusive las que siempre han visto el trabajo en casa con recelo. La pregunta es si el regreso a la nueva normalidad también implicará cambios en la cultura laboral alrededor del mundo para los trabajos formales. ¿Tendremos jornadas más flexibles o seguirán las inercias del mundo presencial?

Existe la posibilidad de explorar esquemas híbridos presencial/virtual, los cuales deben analizarse detenidamente, porque se corre el riesgo de precarizar aún más los empleos, como ya ocurre para quienes trabajan con las aplicaciones como Uber, Uber Eats, Rappi, Cabify o los servicios de entrega a domicilio, bajo un modelo en el que los trabajadores fungen sólo como contratistas independientes y las firmas no están constituidas como patrones, de acuerdo con lo señalado por la Organización Mundial del Trabajo (OIT).

Si un empleado quiere hacer trabajo Zoom, ¿quién debería pagar la conectividad a internet? Las empresas socialmente responsables consideran la posibilidad de sufragar los costos de conectividad de sus empleados que trabajan en casa, con el dinero que pueden ahorrarse en la renta de oficinas. Sin embargo, también hay corporativos que ven el trabajo en casa como la vía para ahorrarse costos a expensas de los empleados. Nuevos ambientes de trabajo también implican nuevos abusos laborales.

El trabajo a distancia requiere de derechos laborales digitales, como el derecho a desconectarse fuera de la jornada laboral. También el empleador requiere de garantías para evitar que empleados abusivos simulen trabajo en casa. Es un asunto de confianza que sólo puede construirse en las relaciones directas entre empleados y empleadores.

Pasarán años antes de que estos esquemas de trabajo sean parte de la cultura laboral y no producto de una pandemia. El trabajo en casa es visto como una prerrogativa de la que goza una minoría alrededor del mundo. Debe transformarse en una posibilidad, más que un privilegio.

Quienes se han integrado en este ambiente de interacción digital, la videcomunicación ya es parte de una realidad que llegó para quedarse, incluyendo las prácticas culturales que conllevan el uso de este tipo de tecnología.

Zoomlandia es un ecosistema digital al que no todas las personas tienen acceso, ya sea por su tipo de actividad productiva, por los accesos a la conectividad de internet.

Bibliografía consultada

Castell, Manuel (2010) The Information Age Economy, Society, and Culture. Volumen 1, segunda edición, Reino Unido: Blackwell Publishing.

Drucker, Peter F. (1959) The Landmarks of Tomorrrow, Estados Unidos: Harpers and Brothers Publishers.

Jemielniak, Dariusz (2012) The New Knowledge Workers,Reino Unido:Edward Elgar Publishing.

McLuchan, Marshall (2011) The Gutenberg Galaxy The Making of Typographic Man, Canada:University of Toronto Press.

Newell, S., M. Robertson, H. Scarbrough and J. Swan (2002), Managing Knowledge Work, Nueva York: Palgrave.

Scolari, Carlos (2008) Hipermediaciones. Elementos para una Teoría Digital Interactiva, Barcelona: Gedisa.

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