Medios periodísticos tradicionales y poder simbólico

Si partimos de que los medios periodísticos tradicionales ya no son los únicos que marcan la pauta informativa, que internet atomizó a las audiencias, considerando que las personas seleccionan y consumen contenidos a la carta e hipersegmentados, entonces, ¿cómo es posible que hablemos de los mismos acontecimientos noticiosos, sin importar gustos o preferencias?

Si se ha declarado el fin de los medios masivos, ¿por qué existen temas de alcance masivo? ¿Quién fija la agenda noticiosa en la era de las plataformas tecnológicas?

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Aún se piensa que los medios periodísticos tradicionales —entiéndase aquellos fundados antes de la aparición de internet (principalmente medios impresos y televisión)— ejercen más influencia en fijar la agenda temática de la opinión pública, quizás por su prestigio cultivado por años, o por ser referencias informativas entre los líderes de opinión, quienes expanden el alcance de sus contenidos.

Estas percepciones son remanencias de la era preinternet cuando, en efecto, los medios masivos establecían cuáles temas eran considerados noticias porque controlaban lo que se reportaba en los espacios informativos, y porque las fuentes alternativas eran limitadas o no estaban al alcance de todos. Los actores políticos, por su parte, tenían mayor margen de acción en las decisiones de gobierno.

La democratización de los medios de comunicación ha sido un proceso condicionado por los desarrollos tecnológicos. En la era análoga, el gobierno solía controlar lo que se transmitía en las señales abiertas de radio y televisión, e inclusive tenía injerencia en la prensa escrita, utilizando el gasto de la publicidad oficial como forma de presión.

En la era digital, el control del gobierno sobre internet es acotado, no obstante, hay regímenes que han logrado un férreo control y censura en la red, un fenómeno conocido como autoritarismo digital.

Las dinámicas propias de la globalización, con economías interconectadas, limitan la capacidad de acción y control de los gobiernos. La velocidad con la que circula la información, aunado al arribo de las plataformas digitales, ha subvertido y creado nuevos espacios económicos, culturales, políticos y, sobre todo, comunicativos.

Ya no son los medios, sino las plataformas digitales las que dominan los accesos a la información. En Google se realiza el 90% de las búsquedas por internet en el mundo. Facebook, con sus 2 mil 700 millones de usuarios a nivel mundial, se constituye como el principal espacio público en el que circulan las conversaciones.

Los editores o jefes de información ya no son los gatekeppers (las personas con el poder de decidir y definir lo que se difunde), como ocurría en la era análoga. Esa función la tienen los algoritmos. Las consecuencias son bien sabidas: se privilegia la visibilidad de publicaciones con más visualizaciones, más likes o más veces compartidas. Desafortunadamente, entre los contenidos con más exposición se encuentran noticias falsas; noticias de fuentes de dudosa confiabilidad y rumores.

El arribo de los algoritmos como curadores de contenidos ha propiciado un detrimento en la diversidad de informaciones que se muestran en los perfiles de las personas. Si pasas más tiempo viendo videos de gatitos, los sistemas guiados por inteligencia artificial te bombardean con más videos de gatitos.

Puesto en términos políticos, los algoritmos privilegian contenidos que van en sintonía con las preferencias y gustos de las personas, provocando una burbuja informativa. El algoritmo no distingue la calidad, sino la cantidad del tiempo que pasamos en las plataformas.

Las plataformas han clamado una y otra vez que no son medios noticiosos y que apuestan por la libre circulación de contenidos. Esto es preferible antes que determinar que sí y que no pueden ver las audiencias. Los límites son difusos. A las plataformas se les exige mayor control para evitar la viralización de noticias falsas, que contribuyen a la desinformación y polarización política. Aunque no son medios de comunicación, sino espacios para que terceros publiquen contenidos, millones de personas utilizan Youtube y Facebook como su canal de televisión o su periódico.

El problema radica en el modelo de negocio. Esto ha sido ampliamente documentado y ya parece un lugar común. Al ser los anuncios la principal fuente de ingresos, se crean los incentivos para que los programadores desarrollen algoritmos que buscan captar la atención del usuario y retenerlo en la plataforma. Es la economía de la atención. Nuestro tiempo es limitado, por ello es valioso. Los minutos que pasas en Tik Tok son una pérdida para Instagram. Las noticias que lees en Facebook es tiempo menos para Google.

Esta economía de la atención ha sido aprovechada por actores de todo tipo, hackers, gobiernos, políticos, extremistas. Cada cual, siguiendo sus fines e intereses, crea contenidos para influir o manipular, desorientar y mal informar a la opinión pública, dependiendo el caso. Contenidos que desprestigian, mienten, generan odios, esparcen rumores, radicalizan posturas, son parte de este trabajo de manipulación en el que también se echa mano de algoritmos.

Pese a los llamados constantes para evitar la difusión de fake news, éstas siguen acaparando la atención sobre la información genuina. Las audiencias no han aprendido a realizar un consumo crítico de los contenidos en la red. La información falsa ya es parte del ecosistema digital.

El poder se diluye

Desde una perspectiva más amplia, el quiebre de las grandes narrativas, la pluralidad de las ideologías políticas y la capacidad de organizar movilizaciones en las redes sociotecnológicas de un día para otro y casi de forma espontánea, —la viralización de la protesta— han presurizado el ejercicio del poder.

Estos factores contribuyen a que en el siglo XXI sea cada vez más difícil ejercer el poder y cada vez más fácil perderlo. La idea fue planteada por Moisés Naím, autor y columnista en temas internacionales, en su libro El Fin del poder (2017), ante la evidente dificultad de lograr consensos en las sociedades posmodernas.

El autor entiende el poder como “la capacidad de dirigir o impedir las acciones actuales o futuras de otros grupos e individuos. O, dicho de otra forma, el poder es aquello con lo que logramos que otros tengan conductas que, de otro modo, no habrían adoptado”.

El poder se ha descentralizado, quizás ello explica, paradójicamente, la llegada de líderes populistas, o el regreso de los hombres fuertes al gobierno que prometen resolverlo todo con su sola voluntad. Es una añoranza al pasado, por ello enarbolan la bandera de los nacionalismos. Pero es una ilusión.

En los sistemas democráticos el poder político y mediático recae en una miríada de actores que compiten permanentemente por obtener una parcela de influencia en la opinión pública.

Salvo en los regímenes autoritarios, que preocupantemente van en ascenso, esa concentración de poder que caracterizó al siglo XX, la capacidad de lograr o impedir que otros hagan o no, lo que deseamos o no deseamos, es cada vez más limitada.

Si bien los sistemas democráticos han quedado en deuda para saldar las desigualdades sociales, sí han sido efectivos en poner límites a los abusos de poder.

Ante los fallos de la democracia liberal, y al ver el éxito económico de ciertos regímenes autoritarios, algunos justifican que la mano dura es la mejor forma de lograr resultados. Se confunden los conceptos: la democracia no es un sistema económico.

Ya lo advertía Giovanni Sartori, existen diferentes tipos de democracia como teorías democráticas. Para el politólogo italiano, “la democracia política gira en torno a la igualdad jurídico-política, y la democracia social consiste sobre todo en la igualdad de estatus, en esa secuencia democracia económica significa igualdad económica, aproximación de los extremos de pobreza y de riqueza y por lo tanto redistribuciones que persiguen un bienestar generalizado.” ¿Qué es la Democracia? (2007).

La democracia política es la base de las demás democracias, continúa Sartori, porque las democracias en sentido social y/o económico amplían y completan la democracia en sentido político. “Por ello «democracia» sin calificativos quiere decir democracia política”.

Si Naim entiende el poder como la capacidad para dirigir o impedir que otros hagan algo o adopten ciertas conductas, entonces el poder simbólico implicaría influir en la construcción de contenidos, o impedir que ciertos contenidos adquieran visibilidad con el fin de influir en las percepciones de la gente.

Sin embargo, el poder simbólico también se diluye.

Un estudio realizado por académicos rusos sugiere que en la medida en que aumenta el acceso a internet, a través de dispositivos móviles como los celulares, también aumenta la desconfianza o el escepticismo hacia el gobierno, sobre todo en sociedades donde la libertad de prensa es limitada o la internet es censurada. Un mayor acceso a internet representa una mayor exposición y consumo de contenidos de todo tipo, muchos de los cuales ponen en duda las narrativas oficiales.

Inclusive en las sociedades donde circula libremente la información, se acostumbra debatir sobre todos los temas y se suele criticar al gobierno, las personas que son expuestas a contenidos críticos publicados en línea, son más susceptibles a tornase en contra del gobierno en acciones concretas, ya que muchas de las críticas que se realizan en internet no se realizan fuera de la misma.

Otros estudios han documentado que en internet tendemos a sostener opiniones más radicales cuando nos enfrascamos en discusiones o comentamos, a diferencia de cuando debatimos en interacciones cara a cara. En línea no escuchamos los argumentos del otro.

Además, en la vida digital la gente es más susceptible de ser atacada por sus opiniones. En 2014, un estudio del Pew Research Center encontró que aproximadamente uno de cada cinco usuarios que habían sido víctimas de acoso en línea, informaron que había sucedido en la sección de comentarios de un sitio web.

Algunos medios han decidido quitar los comentarios en sus artículos por su efecto negativo, ya que distraen la atención o distorsionan el sentido original del contenido. Basta un comentario negativo para encender una conversación que termina en un callejón sin salida.

Poder Simbólico

Para el sociólogo John B. Thompson el poder es “la capacidad para actuar de acuerdo a la consecución de los propósitos e intereses de cada uno; la capacidad de intervenir en el curso de los acontecimientos y de afectar sus resultados”. Los Medios y la Modernidad (1998)

Para ejercer el poder, los individuos deben emplear los recursos de los que disponen con el fin de alcanzar sus objetivos y satisfacer sus intereses de manera efectiva. Por ello deben acumular recursos que se traduzcan en un incremento de su poder.

Thompson identifica cuatro tipos de poder: económico, político, coercitivo y simbólico.

El poder puede ser ejercido por individuos, grupos o instituciones. Aquellas entidades que ofrecen una plataforma privilegiada para ejercer cierto tipo de poder son llamadas instituciones paradigmáticas.

Un periódico de prestigio con presencia nacional puede constituirse como una institución paradigmática, porque ejerce un poder simbólico.

La actividad simbólica es una característica fundamental de la vida social, a la par de la actividad productiva.

Los individuos constantemente están interpretando formas simbólicas y se expresan en formas simbólicas. La constante comunicación entre unos y otros implica intercambios de información y contenidos simbólicos. Estos intercambios ocurren en soportes técnicos para producir, transmitir y recibir los contenidos simbólicos. A este fenómeno, el sociólogo francés Pierre Bourdieu le llama capital cultural .

El grado de prestigio y reconocimiento de quienes producen contenidos simbólicos se transfiere en un capital simbólico. El New York Times, por ejemplo, es considerado un medio de referencia internacional, posee un alto capital simbólico derivado de su prestigio.

El capital cultural y capital simbólico se traducen en acciones simbólicas que influyen en los individuos para orientar su forma de actuar, para moldear sus preferencias y sus decisiones de acción, o para construir una opinión favorable o desfavorable sobre un asunto. A esta capacidad de influencia se le llama poder simbólico.

Para Thompson, el poder simbólico es la capacidad de intervenir en el transcurso de los acontecimientos para influir en las acciones de los otros y crear acontecimientos reales, a través de los medios de producción y transmisión de formas simbólicas.

Con el arribo de las plataformas digitales, los medios tradicionales han visto reducido su grado de poder simbólico. Ya no son los únicos que acaparan la transmisión de los contenidos. No obstante, los medios tradicionales siguen siendo los principales productores de contenidos simbólicos, aunque compiten con una mayor cantidad de jugadores, tanto institucionales como individuales. Desde el influencer que abre su canal en Youtube y logra millones de vistas, hasta el periodista independiente que abre su blog y reporta por su cuenta contenidos informativos.

Los medios de comunicación e información tienen la capacidad de ejercer poder simbólico, al que también se le ha dado el nombre de poder mediático. Los contenidos simbólicos pasan por sus soportes técnicos y entre mayor sea su alcance, mayor será su poder.

El regreso de los medios tradicionales

Ante este panorama, en las redes sociotecnológicas o redes sociales, el efecto de la agenda setting o establecimiento de la agenda cobra mayor relevancia.

La teoría de la agenda setting, tras años de estudios empíricos, ha llegado a dos conclusiones.

  1. Los medios fijan los temas noticiosos que son comentados en la opinión pública.
  2. Los medios no tienen la capacidad de influir en las personas sobre qué deben pensar acerca de los temas noticiosos, pero sí son capaces de influir sobre qué temas noticiosos hablan las personas. Dearing, James W. y Rogers, Everett M. Agenda Setting (1996).

Una tercera premisa, que aún no es del todo concluyente, sugiere que los medios tienen la capacidad de influir en el cambio de perspectiva de las personas sobre un tema, si éste se expone por un periodo prolongado bajo el mismo encuadre. Se conoce como la Teoría del Cultivo.

Por encuadre se entiende el atributo que más se enfatiza en la información. No sólo se trata de hablar sobre el tema, sino de destacar un aspecto del mismo. Los medios suelen encuadrar los temas noticiosos para atraer la atención del público, lo que se conoce como el enfoque informativo.

Pongamos como ejemplo el tema de las Elecciones Presidenciales en los Estados Unidos. Tomando los titulares de la primeras planas de algunos diarios mexicanos, publicados el 4 de noviembre, tras el cierre de la jornada electoral, la noticia se reportó así:

Los medios noticiosos tradicionales tendrán muchos defectos, se les puede tildar de tendenciosos o amarillistas y en ocasiones pueden estar muy cercanos al poder político o económico. No obstante, su mayor virtud es que cuentan con un equipo de profesionales, los periodistas, quienes como parte de su deontología tienen la misión de verificar que la información reportada provenga de fuentes confiables, sea veraz y verificada. El que la información sea objetiva es otro tema, pero difícilmente un medio de prestigio difundirá noticias falsas o rumores.

Hoy, más que nunca, las noticias que difunden los medios tradicionales, dentro del mar informativo que circula en la red, cumplen con la función social de orientar a las audiencias.

Al margen del contenido que transmiten, los medios noticiosos también juegan un papel importante en la organización del poder. Porque lo importante no es el soporte tecnológico que utilizan, ya sea formato impreso o digital, en un sitio web o en Facebook, su preponderancia radica en su dimensión simbólica, la cual se traduce en un poder simbólico

En las plataformas digitales se escenifica una lucha permanente entre quienes buscan manipular a la opinión pública y quienes buscan informarla. Pese a la hipersegmentacion de contenidos, los temas considerados noticia siguen siendo definidos por los medios periodísticos tradicionales, y por aquellos medios digitales que, a base de su reportes, han ganado su prestigio periodístico.

Una democracia política requiere que el ciudadano disponga de información confiable y contextualizada para la deliberación de los asuntos públicos.

El poder simbólico de los medios tradicionales sigue siendo su principal ventaja, por ello deben cuidar el elemento que cimenta ese capital: su credibilidad.

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